Una ola llegará

Por Aurora Villaseñor

Pensó en lo grande que Chichí estaría. Aunque pasaran los años menos faltaría para el encuentro. Si sus ojos coincidían con su memoria Chichí sería similar a él, pero mulato como su madre. –Es que te amo, dijo. No dejes de esperarme. No dejes de esperarme.

Y al decirlo el corazón se le aceleraba, igual que la tarde lejana en el malecón, cuando vio reflejado el colmo de su paciencia en el mar inmóvil, con peces astutos evitando el anzuelo. Apretaba la caña aguardando el aleteo. –Apretar y esperar. ¡Qué va!, dijo. Después echó a andar por la vía del ferrocarril.

Tuvo la inquietud de que el polvo bajo sus pies era el mismo que sus pasos traviesos regaron de niño. Las calles carcomidas por el sol le insinuaron que no habría diferencia entre inmiscuirse en un edificio que en otro, tan atestados de humores y pesares. Un retortijón en el estómago le anunció su ingenuidad, entonces supo que el suyo era tan inmundo como los otros, sin embargo  vivían ahí  Chichí y María. Este agosto es suyo, pensó.

Chichí pasaba las mañanas imaginando la fiesta que no había tenido y esperaba cada año, desde que un niño que vacacionaba en el puerto le contó de los colores, el pastel y la comida que disfrutaban sus amigos. -Todos te abrazan, hasta tu maestra si la invitas, le dijo.

Roger se dispuso a acompañar aquel sueño que exigía consumir la poca mercancía, aunque una mañana en que no llegara la dotación a sus clientes bastara para que posteriormente le regatearan o le comparan a algún otro. Chichí comprobaría que el pescado frito gustaba más con unas gotas de limón, así lo preparaban en el puesto que el surtía.

El petróleo en el malecón había ahuyentado a los peces, le quedaba el resto del mar para conseguir algo. Recordó la balsa armada por Toto en la que un día sencillamente se fue. Similar a su primo en aquel tiempo, carecía de una, con la diferencia de que ahora sería él quien mostraría el ingenio que le permitiría idear un chatarrero con llantas y lámina capaz de flotar.

Se dirigió a buscar palos y lazos, repentinamente entre la basura del puerto la comezón en la cicatriz de la cabeza puso en su mente al señor que lo golpeó con un bate, descalabrándolo automáticamente. Luego de que el tipo se percatara de que ese no era el rostro que se presentó a pedirle dinero meses atrás, se deshizo en disculpas. -Amigo, perdóname. Con tanta ira veo la cara de él en todas partes, dijo punzándole la sien. –Ven a casa, alguien tiene que curarte.

Al llegar se encontró con un patio amplio, rodeado de altas palmeras cocoteras. En las paredes del comedor había mascaras traídas de distintas partes del mundo. Rodeaban una balsa, tenía dos remos que formaban un tache.

-Un viejo en un puerto construía otras balsas, con caña también. Le pedí que al precio de las nuevas me vendiera la suya. Decolorada como la ves tiene el carácter de aquel pescador. No domina el mar, pero hasta las malas aguas la identifican, le dijo el señor a Roger, –Llévatela.

-Yo para qué la quiero, la cargo y capaz que se le salen las olas, dijo.

-Bueno, que tu suerte y la mía nos presenten de nuevo. Cara te la llevas, cruz te doy el triple de este peso.

-Mejor te dejo la balsa, me la guardas por si un día la necesito y me llevo el peso, dijo y se marchó.

Frente a la casa del señor la cicatriz ya no le picaba como al acordarse. Sin pedir explicaciones y al verlo apresurado se la dio. Roger iba ya por la esquina de correos cuando el tipo lo alcanzó para darle los remos olvidados, junto con una botella de ron. –A mano, le dijo.

Acercó la balsa al agua y brincó sobre ella. Colocó la caña de pescar, la botella, agachó la cabeza y empezó a remar. Todavía no se acostumbraba a los caprichos del mar cuando, sucesivamente en la tranquilidad del espejo inmenso lo sacudía la tempestad. Ahí estaba, sofocándose con el aire caliente que arrastraba del norte un olor a sal.

–Borracho y dormido se me olvida lo jodido. –dijo. Y tomó un trago que le ardió en la garganta. El sol comenzaba a hundirse en los limites. Pescó lo suficiente. Ya en la negrura absoluta tocaba el agua cada tanto para cerciorarse de que iba en el mar y no en el cielo navegando.

En medio de la penumbra vio las estrellas. –Que bonito brillan esas luces en el pastel de Chichí. Agarra esas luces. Ponlas en tu bicicleta. ¡Pedalea, pedalea! No vayas tan rápido. Ya te voy a soltar. ¡Pedalea, pedalea tú solito!, ¡aaaaahh! ¡no frenes de golpe, aprende a girar!

El mar era el mismo, al que llegó, en el que partió, el que lo arrastró de niño, en el que nadaron sus padres, sus abuelos, y aún así sus ojos no se acostumbraban a ese lado del horizonte. Aunque la luz era clara, mientras más se fijaba menos entendía. Construcciones express, casas nuevas, pensó. Todavía antes de escuchar una voz trató de convencerse así mismo de que eran sus ojos los que veían. Un grito a pocas millas lo esperanzó. No entendía lo que decía, sería por el acento, sería por las palabras.

En el suspenso de unas miradas acribilladoras escuchó su cuerpo, el vuelco de su corazón, la línea que le atravesaba los oídos. Sus músculos se encogieron y frente a una bandera de colores distintos a la suya lo esposaron. Fue entonces que comprendió.

Lo regresaron en un bote con motor. En su lado del mar lo recibió un grupo de militares. Por fin le quitarían las esposas, pero sus muñecas torcidas descansaron hasta que lo encerraron.

El olor de la sal que se filtraba por la única mirilla le seguía picando en lo profundo de la nariz. Eran ya ocho años respirando aquella humedad que le quemaba, que le escurría de los lagrimales. –Es muy grande el mar, pronto Chichí, en una ola llegaré a ti, no dejes de esperarme.

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